
Tengo 38 años y hasta hace poco creía que ya me sabía de memoria. Casa, trabajo, mi esposo, el domingo de mercado, el cuerpo que a veces miro al pasar frente al espejo, y pienso: todavía. Nunca me ha dado vergüenza decir mi edad. Lo que sí me daba vergüenza era nombrar, en voz alta, lo que él llevaba meses dándole vueltas.
Él fue quien lo dijo primero. No en la cama, que hubiera sido más fácil de echar a broma. Fue en la cocina, con el café todavía humeando. Me miró con esa calma que a veces me desespera y me dijo que lo que más deseaba en la vida, más que nada, era verme con otro. No escondida. No de infiel. Con su permiso. Con él sabiendo. Que yo fuera su hotwife.
Me reí. Le dije que estaba loco. Él no se rió.
Me explicó con una paciencia rara, como si hubiera ensayado. Que no era que yo le faltara. Que al contrario. Que pensar en mí deseada, elegida, tocada por alguien más, lo encendía de un modo que no le cabía en el pecho. Que él no iba a irse con nadie. Que yo sí, si yo quería. Que siempre iba a volver a la casa. A él.
Si es consensuado, no es una aventura. Eso me lo repetí yo después, sola, en el baño, con el agua corriendo para que no me oyera pensar.
Tardé. No voy a mentir. Me daba miedo que fuera una prueba. Me daba miedo gustarme la idea. Me daba miedo no gustarme la idea y decepcionarlo. Una noche, ya con la luz apagada, le tomé la mano y le dije que sí. Que podíamos buscar. Que yo no iba a acostarme con alguien que no me gustara, por más que él se pusiera cachondo con el plan. Eso quedó como regla. La otra: nada de locos, nada de gente que no entienda que yo tengo marido y que él está en el juego.
Empezamos a buscar un candidato.
Escribirlo en internet se siente sucio y emocionante a la vez. Uno pone una frase, se le olvida el acento, y del otro lado hay veinte hombres que ya se imaginan adentro de tu casa. Filtré. Muchos pedían fotos como si yo fuera un catálogo. Otros ni preguntaban mi nombre. Los que servían hablaban bajito, con respeto raro, como quien pide permiso para entrar a un cuarto ajeno.
Hubo uno. No voy a decir cómo se llama. Voz grave, manos grandes en la foto que sí me mandó; de la cara, no tanto. Quedamos en conocernos. Café. Nada más. Mi esposo lo supo. Me ayudó a elegir el vestido. Me besó en la frente antes de que saliera, y eso me revolvió más que cualquier mensaje sucio.
El café se alargó. El hombre hablaba bien. Me miraba la boca. Yo sentía el teléfono vibrar en el bolso: mi esposo, preguntando si yo estaba bien. Estaba bien. Estaba húmeda y asustada y viva.
En el auto, ya de noche, el candidato me preguntó si podíamos ir a un hotel. Yo dije que sí, y en el mismo segundo se me atravesó la otra pregunta, la que no le había hecho todavía a mi marido:
¿Me va a dejar hacerlo sin condón?
Se la mandé por mensaje, así de cruda, mal escrita, con el corazón en la garganta. Él tardó en contestar. El candidato me esperaba con la mano en mi rodilla. Cuando llegó la respuesta de mi esposo, era un sí tembloroso: “si tú quieres, mi amor, yo quiero verte así”. Me temblaron las piernas.

No voy a contar cada centímetro. Sí voy a contar esto: yo entré al cuarto pensando en él, en mi esposo, más que en el extraño. El extraño fue un cuerpo nuevo, un peso distinto, una boca que no sabía dónde me gusta. Me tardé en soltarme. Cuando me solté, lo hice entero. Me oí gemir y me oí decir el nombre de mi marido. El otro no se ofendió. Al contrario. Eso lo puso más duro. Me cogió rico, profundo, y yo me aferraba a la idea de que en casa alguien estaba imaginándome exactamente así.

Volví tarde. Abrí la puerta y él estaba en el sofá, con la lámpara bajita, como un perro que no se permite dormir. No me preguntó detalles al principio. Me besó. Me olió el cuello. Me llevó a la recámara y me hizo suya con una urgencia que no le había visto en años. Qué rico llegar a casita y que tu esposo te haga suya después de que otro te desordenó, me lo dijo al oído, casi llorando de gusto. Yo también.
Después, abrazada a su pecho, le conté. Poco a poco. Lo que me gustó. Lo que no. Que el condón al final sí lo usamos, porque en el último segundo yo me asusté y él, el otro, no insistió. Mi esposo se rió, aliviado y un poco decepcionado, y me dijo que la próxima podíamos hablarlo con más calma. La próxima. Ya había una próxima.
Tengo 38 años. Sigo siendo su esposa. Ahora también soy esto otro, que todavía me da un poco de vergüenza escribir, y mucho calor al escribirlo.


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