Romina

Tenía 32 años cuando decidí que era hora de reinventarme, nunca me ha molestado decir mi edad. Hacía apenas tres meses que había terminado con Marcos, después de cinco años juntos. Teníamos una relación abierta, tuvimos muchas aventuras, pero al final tomamos diferentes caminos. Debo confesar que la separación me dejó un vacío enorme, pero también una chispa de libertad que no había sentido en mucho tiempo.

Todo comenzó de forma inocente. Una tarde, me miré en el espejo del baño, con la luz del atardecer entrando por la ventana, iluminando la curva de mi cadera envuelta en una toalla. Ahí, vi mis enormes pechos, algo que siempre me ha gustado de mí misma y que a mis parejas les volvía locos desde que estaba en la preparatoria. Me sentí sexy, poderosa, y en ese momento de vulnerabilidad, recordé que había visto varias cuentas en Twitter donde mujeres y parejas compartían su sensualidad. Ahí podría ser y publicar lo que yo quisiera. Inspirada por eso, y con un nudo de nervios en el estómago, creé el perfil @xxxxxxxxxn esa misma noche, eligiendo un nombre falso pero muy parecido a mi nombre real. Saqué una foto y la subí. El corazón me latía con fuerza mientras esperaba las reacciones. Los likes y comentarios llegaron como una ola, algunos muy poéticos: “Tu piel brilla como seda”, otros un tanto normales: “Guau, qué curvas tan ricas”, “Que enormes pechos” y otros bastante subidos de tono: “Que ganas de tener mi verga en medio de tus tetas” pero lo que más me impresionó es que a todos les encantó mi cuerpo y pedían más, mucho más. Me sentí deseada, viva, por primera vez en meses. Esa adrenalina fue adictiva.

Pronto, quise más. Me excitaba la idea de hacer exhibicionismo, por una parte me mojaba subir fotos a redes sociales, pero además quería probar la adrenalina de tomarme estas fotos en lugares públicos, lugares bastante conocidos de la ciudad en la que vivo. Una tarde soleada al centro histórico de la ciudad. Llevaba un vestido ajustado que se pegaba a mi cuerpo. Encontré un rincón escondido detrás de una fuente antigua y configuré el temporizador en mi teléfono, me subí el vestido mostrando mis nalgas con el pulso acelerado, sintiendo la brisa cálida rozar mi piel desnuda. El sol me besaba los hombros, y el murmullo de los turistas y vendedores le daba un toque prohibido a todo. Bajé mi vestido mostrando mis senos, un mechón de cabello cayendo sobre mi rostro. Use mi reloj para tomar otra foto, me di vuelta para mostrar mis nalgas, rápidamente tome mi teléfono y me vestí nuevamente. Regresé a mi auto que había dejado en un estacionamiento, sentía fuertísimo el corazón, mis dedos temblaban mientras editaba la foto y la subía. Me sentía poderosa, invencible.

No me detuve. Me dirigí a un mirador famoso de la ciudad, empezaba a atardecer, me despojé de la ropa y posé mostrando mis pechos, mi cuerpo curvado en una pose sensual, mis manos apenas cubrían mi vagina. En casa, leyendo los comentarios, me emocionaba y me excitaba. Tanto deseo, tanta lujuria en decenas de comentarios. Eso me impulsaba a seguir pero quedé agotada de tanto tocarme.

El verdadero reto fue en mi oficina. Desde antes que estuviera soltera me encantaba vestir lencería debajo de mi ropa profesional: encajes suaves que rozan mi piel durante el día, recordándome mi sensualidad oculta, un secreto que me hace sentir empoderada entre reuniones y correos. Mi jefe es un hombre de unos 40 años, atractivo y carismático, con ojos oscuros que siempre parecen leer mis pensamientos. Últimamente, notaba cómo me miraba, con una intensidad que me hacía sonrojar. Una noche, trabajando hasta tarde, decidí tomar una foto en mi escritorio. Me quité la blusa y la falda, quedando solo en tacones y esa lencería que tanto adoro. La luz de la lámpara iluminaba mi piel, y el reflejo en la ventana mostraba la ciudad nocturna como telón de fondo. “Oficina después de horas”, tuiteé. El secreto me excitaba; imaginaba si alguien me vería desde otro edificio.

Poco a poco mi cuenta ganaba seguidores, les encantaba que subiera imágenes en la oficina y yo lo disfrutaba muchísimo. A veces me tomaba la foto subiendo las escaleras, otras me quitaba el sostén antes de entrar a una junta. Cuando la oficina estaba vacía aprovechaba para grabar pequeños videos subiéndome la falda o mostrando mi tanguita.

Los días siguientes, la tensión con Alberto creció, rozaba mi mano “accidentalmente” al pasar documentos. Sentía un cosquilleo en el estómago cada vez que nuestras miradas se cruzaban. Una semana después, durante una tormenta que azotaba la ciudad, nos quedamos solos en la oficina pues no me gusta manejar con esa lluvia. Mi jefe entró a la oficina y se acercó a mi escritorio y sin más preámbulo, dijo: el clima esta perfecto para tomarte esas fotos. Con el corazón latiendo fuerte, intenté responder, pero él continuó: “El otro día también me quedé hasta tarde… y alcancé a verte tomándote fotos aquí mismo. Parecías tan…, tan sensual”. Me quedé congelada, podía sentir mi cara totalmente roja. Supuse que no había visto las fotos en internet, que esto era solo entre nosotros, y esa idea me emocionaba y me ponía nerviosa al mismo tiempo, mi pulso acelerado por el secreto compartido. “No sé de qué hablas”, murmuré, pero él sonrió, acercándose más. “No tienes que negarlo. Me encantó verte así. ¿Por qué no me muestras esa lencería que sé que llevas debajo? Puedo ayudarte siendo tu fotógrafo… déjame tomarte fotos, como las que te tomas tú sola”. Sus palabras eran persuasivas, cargadas de deseo sutil, y aunque una parte de mí titubeaba, la excitación ganó. Con manos temblorosas abrí la cámara en mi teléfono y se lo di, me quité la blusa lentamente, revelando el encaje que abrazaba mis curvas, sus ojos me devoraban mientras disparaba, guiándome con susurros suaves: “Gira un poco… sí, así, apóyate en el escritorio”.

Lo que pasó después fue un torbellino de pasión. Me besó con una urgencia que me dejó sin aliento, sus manos explorando mi cuerpo con una delicadeza que contrastaba con su fuerza. Nos desvestimos mutuamente. Sobre el escritorio, entre papeles y mi laptop, me entregué a él. Sentí su deseo en cada caricia: sus labios en mi cuello, sus dedos trazando caminos de fuego en mi piel. Con manos ansiosas, le desabroché el cinturón y bajé su pantalón lentamente, revelando su miembro erecto, bastante grueso y venoso, palpitando con una intensidad que me hipnotizó al instante. Esa visión me encendió un deseo profundo, una urgencia por saborearlo, por sentir su grosor llenando mi boca y explorando cada centímetro con mi lengua. En un momento de audacia, me arrodillé frente a él, mis ojos fijos en los suyos mientras lo tomaba entre mis labios, rodeándolo con calidez húmeda. Lo lamí con lentitud deliberada, trazando círculos suaves alrededor de la cabeza de su pene, sintiendo cómo se tensaba bajo mi toque, sus gemidos escapando como un susurro ronco que me incentivaba a profundizar. Alternaba ritmos: succiones suaves y profundas, mi mano complementando el movimiento en la base, masajeando con firmeza sus testículos mientras mi lengua saboreaba todo lo largo de su verga, saboreando su esencia salada y cálida, cada pulgada gruesa estirando mis labios de una forma deliciosamente intensa que me hacía sentir poderosa y deseada. Él enredaba sus dedos en mi cabello, guiándome con ternura, pero yo mantenía el control, acelerando cuando sentía su placer crecer, prolongando el momento para intensificar nuestra conexión. Luego, me levantó la falda con manos firmes, exponiendo mi lencería, acarició mis piernas a través de mis medias y me puso contra el escritorio, sentí mis pechos presionados contra la madera fría. Sentí la punta de su grueso pene rozando la entrada de mi vagina, caliente e insistente, mientras él susurraba en mi oído lo mucho que me deseaba. La anticipación me hacía temblar, mi cuerpo húmedo y listo para él. En esa primera penetración por atrás, empujó con lentitud controlada, su grosor abriéndose paso centímetro a centímetro, un estiramiento exquisito que me arrancó un gemido profundo, una mezcla de placer y una leve punzada que se disolvió en oleadas de éxtasis conforme se hundía por completo, llenándome de una forma que hacía que mis nervios se encendieran como fuego. Cada embestida siguiente era profunda y rítmica, sus caderas chocando contra mis nalgas en un vaivén que sincronizaba con mi respiración acelerada, enviando olas de placer a través de mi cuerpo, mis pechos rozando la superficie del escritorio con cada movimiento. Fue sensual e intenso, yo guiaba sus movimientos, susurrando lo que deseaba, sintiéndome en control por primera vez en mucho tiempo. De pronto, recordé que no estábamos usando condón, un pensamiento que cruzó mi mente como un relámpago en medio de la pasión. Sentí que él estaba cerca, su ritmo acelerándose, su respiración entrecortada. Con un movimiento fluido, me separé de él y me arrodillé delante, bastaron unos pocos movimientos con mi lengua y mi mano para guiarlo hacia mis pechos. Su clímax llegó en ese instante, liberando su semen cálido sobre mi piel. En ese momento lleve mi mano hacia mi clítoris mientras con la otra mano terminaba de exprimir su semen, la sensación de su semen cálido sobre mí, desencadenó mi orgasmo, dejando mis piernas temblando incontrolablemente, mis rodillas débiles contra el suelo mientras ondas de éxtasis me envolvían.

Al día siguiente, con el recuerdo aún fresco en mi mente y en mi piel, edité algunas fotos y fragmentos del video que había grabado con mi teléfono, mis dedos volvían a temblar al subirlo a twitter, la adrenalina me hizo abrir una botella de vino mientras me subía el vestido y escuchaba las notificaciones.