Un par de meses después de aquella segunda noche en casa, mi esposo propuso algo más intenso. Había alquilado una cabaña aislada en las montañas para un fin de semana largo. Solo nosotros tres: el invitado, él y yo. Tres días sin interrupciones, sin horarios, sin límites. Cuando me lo dijo, me mojé solo de imaginarlo.
Llegamos el viernes alrededor de las cinco de la tarde. La cabaña era preciosa: madera, chimenea, jacuzzi en la terraza con vista al bosque y una cama king size enorme. Apenas cerramos la puerta, el invitado me empujó contra la pared de madera de la entrada y me besó con hambre. Mi esposo echó llave y se quedó de pie a unos metros, observándonos, con esa mezcla de celos y excitación que ya conocía tan bien.

Me mordió el labio inferior y bajó la mano directo bajo el vestido corto. Metió dos dedos en mí sin aviso.
—Estás empapada… otra vez —susurró contra mi boca.
Mi esposo soltó un gruñido bajo. El invitado me levantó el vestido hasta la cintura y me lo quitó por la cabeza. Quedé solo en tacones negros, sin ropa interior. Me puso de rodillas en el suelo de madera.
—Chúpamela —ordenó.
Saqué su verga ya dura y me la metí en la boca. Empecé despacio, lamiendo toda la longitud, mientras mi esposo nos miraba. Él me agarró del pelo y empezó a cogerme la boca con movimientos profundos.
—Así… buena puta —decía—. Mírala, marido. Ve cómo se la traga y le gusta.
Gemía con la boca llena. La baba me caía por la barbilla y goteaba en las tetas. Mi esposo se sentó en el sofá, se sacó la verga y se masturbó lento.
Después de varios minutos me levantó, me cargó hasta la mesa de centro y me tiró boca arriba. Me abrió las piernas y me comió la vagina con lengua y dedos. Chupaba el clítoris con fuerza. Me vine en menos de dos minutos, arqueando la espalda.
—Puta madre… me vengo…
No paró. Me siguió comiendo hasta un segundo orgasmo, más intenso. Entonces me volteó, me puso en cuatro sobre la mesa y me penetró de un solo empujón. Su verga gruesa me abrió por completo. Empezó a cogerme duro, con nalgadas fuertes.
—Dile a tu marido cómo se siente.
Lo miré. Seguía en el sofá, la mano en la verga.
—Cariño… me está cogiendo riquísimo. Me abre más que tú. Me gusta cómo me coge fuerte…
Apretó la mandíbula. Su verga estaba más dura que nunca.
Me llevó hasta la ventana grande con vista al bosque y me puso contra el vidrio. Me levantó una pierna y me penetró de pie. Cada embestida hacía que el cuerpo golpeara el cristal. Veía mi reflejo: tetas apretadas contra el vidrio, boca abierta, ojos vidriosos.
—Eres nuestra puta todo el fin de semana —me repetía al oído.
Mi esposo se acercó por detrás, me besó el cuello y me metió dos dedos en el culo mientras el otro me cogía. Me vine otra vez, temblando entre los dos.
Esa primera noche nos cogimos en casi todos lados. En la cocina, sentada en la isla. Contra la chimenea, de perrito, mientras yo chupaba a mi esposo. En el piso del living, en medio de los dos: uno en la vagina, el otro en la boca.
Cerca de la una, me pusieron de rodillas en el centro de la sala. Se vinieron los dos en la cara y en las tetas. Me dejaron cubierta, escurriendo. Me sentí como una puta barata y me encantó. Me bañé con ellos. El invitado me cogió de pie en la ducha mientras mi esposo me besaba. Dormí entre los dos, con la vagina adolorida y más satisfecha que nunca.

El sábado me desperté con la verga del invitado en la boca y a mi esposo entre las piernas, comiéndome despacio. Me vine en su boca mientras seguía chupando. Después me cogió en la cama, y mi esposo me besaba y me tocaba las tetas.
Al mediodía nos metimos al jacuzzi. Desnuda entre los dos. Me sentó sobre su verga y me culeó en el agua mientras mi esposo me besaba el cuello y me apretaba las tetas. El agua se movía con cada embestida. Me vine dos veces, gimiendo fuerte, sin importarme si alguien oía. La cabaña estaba aislada. Luego me puse a cuatro en el borde: él por detrás, yo mamándole a mi esposo. Mi esposo se vino en la boca. El invitado, dentro, con condón.

Por la tarde yo lavaba los platos. Ellos estaban afuera, con el atardecer. De pronto el invitado entró con una mirada salvaje, me azotó contra la pared de madera y me besó el cuello, las tetas. Me dejé llevar. Le acaricié la verga por encima de la ropa. Se la sacó, me levantó una pierna y me cogió de pie, mirándome a los ojos, duro y profundo.
—Eres mucho más puta que la última vez —dijo—. Tu marido te tiene muy mal cogida.
Al oírlo me vine muy fuerte, uñas en la espalda, gritando. Mi esposo oyó el grito, entró y me vio contra la pared, con la verga hasta adentro. Supe que estaba ahí y no quise voltear. Solo me dejé coger. Entonces sacó el teléfono y nos grabó.
—Sonríe a la cámara, putita. Muéstrale a tu marido cómo te gusta que te coja otro hombre.
Miré directo a la cámara, la boca abierta.
—Cariño… mírame. Mírame cómo me coge. Me encanta. Lo amo. Lo disfruto mucho…
Mi esposo se sacó la verga y se masturbó viendo la grabación en tiempo real. El invitado me empujó de rodillas al piso, se quitó el condón y se vino en la cara. Abrí la boca y me tragué su lechita. Cuando acabó, me levanté, besé a mi esposo y le pedí que dejara la suya también. Tener las dos en la boca es de un morbo que no se explica bien.
Esa tarde me volvió a coger en la cama en todas las posiciones. De misionero, piernas hasta los hombros, profundo. Me vine tres veces seguidas. Le supliqué que me cogiera más fuerte, que quisiera sentirlo todo el día. Sonrió y me dio lo que pedí.
Por la noche, después de cenar desnudos, me pusieron en cuatro. Uno me cogía, el otro me cogía la boca, y cambiaban. En un momento mi esposo se puso debajo y yo me senté sobre su verga; el invitado se colocó detrás y me penetró el culo despacio. Me tuvieron los dos a la vez. Me vine tan fuerte que grité y temblé casi un minuto. Sentía las dos vergas moviéndose dentro. Fue de las sensaciones más intensas de mi vida.
El domingo me despertaron temprano con besos. Abrí las piernas. El invitado en la boca, mi esposo comiéndome la vagina que ya llevaba dos días usada. Se vino en la boca pidiéndome que me tragara la lechita caliente, y al sentirla me vine yo también. Después me tumbaron en la mesa de la cocina: uno me comía, el otro me chupaba las tetas. Me pusieron en cuatro sobre la mesa y me culearon alternando. Me hicieron venir dos veces más. El resto del día fue en la alberca, desnudos, platicando, hasta que llegó la noche.
Ya hacíamos las maletas cuando el invitado me abrazó por detrás, me besó el cuello y preguntó si no queríamos despedirnos como se debe.
—Por favor, hazme tuya —le dije, mirando a mi marido.
Me aventó a la cama, de frente sobre mi esposo. Nos besamos. Yo cabalgaba. De pronto sentí al invitado encima, por atrás, la verga durísima jugando en la entrada del culo. Mi esposo, el muy cabrón, me abrió las nalgas para que entrara. Fue doloroso e intenso, y extremadamente placentero. Me hizo sentir una puta profesional. Me tuvieron en doble penetración varios minutos. Gemía sin control, llorando de gusto.
—Soy su puta… úsenme…
Me vine varias veces más. Cuando ya no aguantaron, me pusieron de rodillas y se vinieron los dos en la boca y en la cara. Me tragué lo que pude. El resto me corrió por el cuello y las tetas.
Volvimos a casa agotados, adoloridos, satisfechos. Esa noche, en nuestra cama, mi esposo me abrazó y me dijo:
—Nunca te había visto tan libre. Me encanta verte así… aunque todavía me dé celos cuando te vienes más fuerte con él.
—Te amo… pero me encanta ser su puta también. Me gusta ser una hotwife.
Al principio la culpa era enorme. Después de la cabaña me quedaba un rato sola pensando: qué estoy haciendo, si soy una mala esposa, si estoy traicionando al hombre que amo. Me sentía sucia y adicta. Esa misma culpa se convertía en una droga: cada vez que me sentía culpable, me mojaba más.
Con el tiempo la culpa se volvió otra cosa. Descubrí que podía ser una esposa amorosa y, al mismo tiempo, una puta desinhibida con otro hombre. Más mujer. Más viva. Ya no era solo “la esposa de”. Era una mujer con deseos propios y el poder de vivirlos.
Sus celos eran reales. Hubo noches en las que se quedaba callado, abrazándome fuerte, como si tuviera miedo de perderme. A veces preguntaba si me gustaba más el otro. Yo lo tranquilizaba con besos y con la verdad. Esos mismos celos lo encendían. Ver cómo me dejaba llevar, cómo gemía más fuerte, cómo me venía más veces, le daba una mezcla de dolor y placer que no había sentido. Descubrió que le gustaba ese rol. Con el tiempo los celos se volvieron más juguetones. Ahora, mientras me coge, me pregunta si ya estoy pensando en la verga del otro. Nos prende a los dos.
Hablamos de miedos y de ganas como nunca. El sexo entre nosotros se volvió más intenso. Hay reglas: siempre condón, siempre contarnos todo, veto si alguien no se siente cómodo. Yo acepté que me encanta ser hotwife. Él aceptó que le encanta verme así.
Ese viaje a la cabaña fue el que nos hizo entender que esto ya es parte de nuestra vida. Hoy seguimos profundamente enamorados, con una vida sexual que nos mantiene vivos. Me siento más amada, más deseada y más yo misma que nunca.


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